viernes, 14 de diciembre de 2007

Dostoievski y Ferlosio

Ahí os dejo los dos artículos de Ferlosio de los que hablamos al final de la última sesión. El primero relacionado con la idea de Lizaveta Nikolayevna de editar un anuario que recoja los sucesos significativos del año, capaces de ofrecer una imagen del alma rusa. El segundo a propósito de la "verdad" de la historia que se narra y del papel del narrador en la construcción de esa verdad:
  • "(La parada de San Silvestre.) En los últi­mos días de diciembre y preferentemente el 31, festividad de San Silvestre, la mayoría de los periódicos se sienten obligados a publi­car cierto tipo de artículo característico que la rutina ha llegado a acuñar prácticamente como un género, que no deseo por ahora de­signar con otro nombre más comprometido que el de «Parada de San Silvestre» o «Para­da del año» (lo de «parada» se explicará en­seguida). El tácito presupuesto de partida o, más exactamente, el suelo, por así decirlo, en que el artículo pone sus cimientos es el su­puesto de que el año existe. ¿Y quién se atre­vería a ponerlo en duda? Al fin y al cabo, como demuestran tantas religiones, para que algo exista basta con que lo crean millones de personas, y a veces hasta menos, si es que son lo bastante cabezotas, obtusas o fanáti­cas. El año humano, «histórico», a despecho de su ancestral fundamentación climatológi­ca, agrícola y astronómica —aunque incluso sobre estos tres aspectos convendría consul­tar a los ecuatoriales—, es, con su rito de paso («Feliz salida y entrada» se dicen unos a otros), una superstición. Una superstición ideológicamente necesaria, por cuanto sirve para sustentar la más profunda, acrisola­da y esencial de las convicciones de la bur­guesía: que no pasa nada, que sólo pasa el tiempo.
    Por su parte, el feroz aburrimiento cotidia­no de los diarios, el implacable tedio existencial de tener que enfrentarse día tras día con 24, 36, 48 o hasta 64 páginas en blanco, que hay que dejar totalmente cubiertas de letra impresa o de fotografías para la ineluctable hora del cierre, debe, sin duda, de encontrar un cierto alivio cuando puede agarrarse a prácticas rituales de observancia obligatoria como las indefectibles recurrencias que les tiene garantizadas hasta la eternidad la astro­nómica puntualidad del calendario. El año nuevo, el comienzo de una nueva década pa­recen ser acogidos por los periodistas como un consuelo, fugaz sin duda, pero siempre agradecido, de su hastío connatural.
    ¿Cómo se confecciona la «Parada de San Silvestre»? En el supuesto más escrupuloso, se baja a los archivos, se repasan los doce to­mos día tras día, formando una primera se­lección con los hechos más relevantes. Rele­vantes quiere decir en este caso los que, ya sea por el arbitrio —también llamado «línea ideológica» del diario—, ya sea por el capri­cho, ya, en fin, y sobre todo, por las imperio­sas servidumbres mercantiles de los media, han alcanzado un grado suficiente de reso­nancia pública. Y ya puede apreciarse cómo incluso en esta primera criba selectora, la parada del año dejará desfilar únicamente algo ya recogido y convertido en hecho por los media, pues la noticia es hoy la única instan­cia competente, la exclusiva concesionaria de las atribuciones requeridas para otorgar a un hecho la categoría de «hecho». No obstante, esta primera selección de «lo más relevante» no sólo resulta demasiado extensa sino que, sobre todo, es indiferenciada en un aspecto decisivo: todo lo relevante es, en mayor o menor grado, «importante», pero no es la importancia lo que debe primar como criterio para la Parada de San Silvestre; hay cosas que son sin duda más importantes que otras, pero son mucho menos «significativas». (Y aquí conviene señalar de paso, entre paréntesis, que la noción de «lo significativo», si está ya notablemente corrompida en la mentalidad común, alcanza extremos de verdadera de­generación y corrupción en la práctica usual del periodismo. «Lo significativo», en el sentido que se le da en las redacciones, se come siempre con patatas fritas, relegándolo a pá­ginas de rango subalterno, a lo que los sesu­dos y siempre farisaicos drogadictos del es­cándalo consideran —y sería injusto negar que casi siempre con razón— «más impor­tante». En una escena tal vez edificante, pero improbablemente operativa, se rasgarán las vestiduras ante hechos tales como el de que banalidades personales como el suicidio de Marilyn Monroe o el anecdótico asesinato de John Lennon merezcan, por su valor de «significativos», titulares mucho mayores en los diarios que, por ejemplo, los casi pasados en silencio horrores de la Camboya de Pol Pot, sin que, no obstante, se les pase siquiera por las mientes atribuir a la economía de merca­do el condicionamiento ineluctable por el que el periodismo ha ido configurando esa noción de «lo significativo» y sometiéndose a su es­clavitud.)
    Volviendo a nuestro asunto, para ajustar­se al ya enunciado principio y fundamento en que se asienta toda la ideología burguesa: que no pasa nada, que sólo pasa él tiempo, la Pa­rada de San Silvestre ha de regirse y confor­marse con arreglo al supuesto de que lo único que ha pasado de verdad ha sido el año, de que la única realidad sustantiva es la que se de­signa con el nombre de 1992. De ahí que, de entre todos los hechos «relevantes», los pri­meros que hay que expurgar sin más ni más son los que por una especie de opacidad «significativa» —quizá por una irreductible sustantívidad autóctona— se muestran rea­cios a colaborar. Si de lo que se trata es de representar el año como un rostro, o sea como una síntesis fisonómica unitaria, en la que cada hecho no sea más que un rasgo que vaya a combinarse con todos los restantes, para producir con ellos una única y bien indivi­duada fisonomía total, es necesario que se trate de hechos precisamente «significati­vos». Y ahora veo que estas últimas observa­ciones me permiten precisar un poco más las peculiaridades de la noción periodística de «lo significativo». Ha de tratarse de algo que por la intensidad expresiva de su apariencia sensorial se preste a perder su propia sus­tantividad —más o menos real o imagina­ria—, para ceder sus señaladas marcas adje­tivas como rasgos fisonómicos parciales de otra más complexiva sustantividad; en nues­tro caso, el año. El año, así pues, se apropia, de manera hegemónica, de la única sustantividad real; todos los hechos pierden su propia sustantividad, para ir a adjetivarse como rasgos componentes de su fisonomía indivi­dual. Los hechos no han pasado en realidad, porque carecen de sentido propio, como ca­rece de él una ceja separada de una cara; sólo la cara entera le puede dar sentido. El año es, pues, lo único que pasa de verdad, la única realidad portadora y dadora de sentido, fuera de cuyo seno los meros hechos se dispersa­rían, como erráticos fantasmas, desvanecién­dose en la insignificancia y en la nulidad." (Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, págs 192-197, ed. Destino, Barcelona 1993)

  • "(Interpretación arbitraria del Initium del «Juan de Mairena») Texto:«La verdad es la verdad, dígala Agame­nón o su porquero.
    Agamenón. — Conforme.
    El porquero. — No me convence.»
    Interpretación: Los comentarios de Aga­menón y del porquero, al hablar por propia voz, teatralizan el texto, haciendo sonar, retroactivamente, el enunciado inicial como algo dicho por una tercera voz, por otra pri­mera persona. Puesto que ese tercero deja así, inevitablemente, de ser Juan de Mairena, surge por fuerza la pregunta de quién es. No es ninguna osadía colegir que no puede ser más que un cortesano, un profeta —o filóso­fo— de corte, un mandarín o, finalmente, como hoy diríamos, «un intelectual orgáni­co»; un ilustrado leído y escribido a quien la corte ha encomendado la función de excogi­tar y de decir —o dictar— no sólo la verdad . sino también, como aquí, la verdad de la ver­dad (o sobre la verdad), que es, por defini­ción, una y única para reyes o porqueros, como uno y único es en su reino el rey Aga­menón.
    La verdad es, por definición, la verdad del rey Agamenón, y es tan verdad que no lo es porque la diga el señor Agamenón, sino que seguiría siéndolo aunque el señor porquero la dijese. El porquero es iletrado e ignorante, pero suspicaz, y hay algo en la unívoca y taxativa declaración del mandarín que no acaba de sonarle; es además un buen subdi­to, leal —y quizá hasta agradecido— a su se­ñor, pero es, a la vez, demasiado honesto para no declarar su corazón, o, como diría el Calila e Dimna, su poridat, y dice: «No me convence».
    Glosas: La honradez del porquero lo aleja también —y con horrorizado escándalo si llegase a conocerla— de la cínica lucidez de Humpty Dumpty: «No es el sentido de las palabras lo que importa; lo que importa es saber quién manda». Fue este mismo princi­pio el que, de hecho y avant la lettre, se con­sagró en Nicea, cuando el emperador Cons­tantino, que —aún por bautizar— tenía la presidencia del Concilio, zanjó toda discor­dia sobre la omoousía o consubstancialidad, dictando que todos los padres sinodales aca­tasen la palabra literal, pero con plena liber­tad para interpretarla cada cual según su en­tendimiento.
    En fin, sobre esta Reina una y única y unívoca que los mortales llaman La Verdad, ¿no querrá acaso también decirnos algo el episodio de la Biblia (Reyes I, 22) que cuenta la desastrosa incursión del rey Acab de Israel contra el reino de Damasco por la soberanía sobre Ramot de Galaad? Aquí es Sedecías, hijo de Canana, y jefe o portavoz, al parecer, de los 400 profetas de corte, quien, en las consultas previas sobre la expedición, resuel­ve y dictamina la verdad, o sea, por defini­ción, la verdad del rey, que en este caso es una profecía: la predicción del éxito de la empresa militar contra los sirios. Pero he aquí que el piadoso Josafat, rey de Judá, y aliado de Acab en la ocasión, no se conforma con el veredicto de los profetas de corte del reino de Israel, y le pregunta a Acab por al­gún otro profeta. Acab contesta: «Hay toda­vía otro hombre por quien podríamos con­sultar a Yavé: Miqueas, hijo de Yemla; pero yo lo aborrezco, por que nunca me, predice bien alguno, jamás me profetiza más que males». Josafat lo reprende: «No hable así el rey», y Acab manda a buscar a Miqueas, que es un hombre del desierto («Yo aúllo como chacal y gimo como avestruz») o, como hoy diríamos, un outsider, para que comparezca ante la corte. Comparecido, a la primera in­terrogación de Acab: «¿Atacaremos a Ramot de Galaad o debemos desistir de ello?», Mi­queas contesta con la verdad del rey: «Ataca, que tendrás buen éxito y Yavé la entregará en tus manos». Pero Acab lo conoce y le re­plica airado: «¿Cuántas veces tendré que conjurarte que no me digas más que la verdad en nombre de Yavé?», y entonces Mi­queas le cambia el veredicto, profetizando la derrota del ejército y la muerte del rey en la batalla. El cumplimiento de esta profecía nos da a entender que la intención ejemplar del texto bíblico está en contraponer a la verdad del rey la verdad de Yavé, o sea de Dios. Pero la verdad de Dios, a quien no en vano se ensalza como «Rey de reyes y Señor de los que dominan», resulta ser, si cabe, to­davía más una, única, unívoca y hasta abso­luta que la verdad del rey; y el hecho de que ante ella cada rey pueda llegar a hacerse, a su vez, tan suspicaz como el porquero ante la verdad de Agamenón, diciendo: «No me con­vence», no debe tentar a nadie a caer en la demasiado conciliadora y confortante solu­ción de concebir la verdad de Dios como la verdadera verdad de los porqueros de ver­dad, pues también la verdad de Dios surge de boca de sus propios mandarines. La verdad no es la verdad ni aunque la diga el porquero de los dioses o el dios de los porqueros. Será siempre una sucia invención de mandarines." (Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, págs 181-185, ed. Destino, Barcelona 1993)

2 comentarios:

Josep E. Corbí dijo...

Querido Pa:

Me han gustado muchas cosas del primero de los textos de Ferlosio que citas, pero quiero destacar esta:

"la más profunda, acrisola­da y esencial de las convicciones de la bur­guesía: que no pasa nada, que sólo pasa el tiempo."

Estos días estoy viendo sobrecogido un documental de 15 DVDs de la BBC sobre la Segunda Guerra Mundial, que parece dedicado a mostrar:
(a) la convicción burguesa es falsa(en este aspecto, no puedo dejar de pensar en CACHÉ).
(b) y, sobre todo, que creer en su verdad contribuye significativamente a falsearla
(c) De hecho, el éxito político y militar de Hitler solo se explica porque el resto de Europa vivía plácidamente en la convicción que Ferlosio destaca.
(d) Pero, ¿hay mundo burgués sin esa convicción?


Un abrazo,

P

PS. Por cierto, 'España va bien'

Mi tio Celerino dijo...

Querido P:
Por supuesto que no hay mundo burgués sin esa convicción, pero no solo eso. El control de la percepción que se tiene del tiempo y la administración del mismo determina la obediencia y el sometimiento de los individuos a ese mundo. Hay varias consecuencias de todo esto relacionadas, precisamente, con los dos ejemplos que citas: Caché y Hitler.
Me explico. Tomaré como punto de partida la división del tiempo, en el mundo burgués, en tiempo productivo y tiempo improductivo y de éste, a su vez, en tiempo de ocio (o tiempo “libre”) y tiempo de reposo (el dedicado al descanso físico y la alimentación para volver a ser productivo). Esta división produce, en primer lugar, la percepción de que aquello que sucede durante el tiempo productivo es de mayor importancia que aquello que se realiza en el tiempo “libre”. Se generan así, la eficacia o profesionalidad en el trabajo, aunque uno trabaje haciendo calcetines, fabricando bombas u organizando transportes a las cámaras de gas; pero también se genera la percepción del tiempo libre como tiempo muerto y la necesidad de tener un “hobby” que me ayude a matar las horas que me restan para dedicarme, con toda la intensidad que la eficacia sistémica exige, de nuevo a la producción (ver Adorno, Theodor “Tiempo libre” en Consignas, Amorrortu editores 1973 pags 54-63). Esa experiencia acaba convenciendo, a quien entra en esa dinámica, de que el tiempo lo cura todo, y de que nada puede haber en el pasado que no sea una bagatela observado a través de las entretelas del paso de los años; pero lleva, también, a la experiencia del hastío, del tiempo y la tarea interminable.
[De ahí la importancia de las colecciones de quiosco (abanicos en miniatura, dedales decorados, taxis del mundo…) que vienen a salvar del suicidio: en septiembre a quienes han experimentado por las vacaciones que el tiempo puede ser de otra manera y que la regularidad del retorno es insoportable, o en enero-febrero a aquellos que descubren enseguida que los propósitos de año nuevo no van a cambiar nada. La pequeña novedad semanal, como pequeña tierra prometida por entregas, produce la narcosis suficiente hasta que se recupera el ritmo de la producción… ¿quién ha terminado alguna colección de quiosco?]
La consecuencia terrible de todo esto es la banalización del mal. Da igual lo que haya hecho en el pasado, el tiempo lo cura todo (por ejemplo Cache); da igual el contenido de lo que haga, sólo me comporto como un buen profesional (por ejemplo Eichmann). Esa banalización, característica esencial de la sociedad burguesa y del libre mercado, se relaciona de forma directa con lo que Ferlosio llama la parada de San Silvestre.
Pues eso. Tuyo

Pa.

PS. Se me olvidaba: “España va bien, y el extranjero no veas”