Empezamos la tarde haciendo memoria de las cosas que sucedieron en la sesión anterior, a saber: el repaso y caracterización más precisa de alguno de los miembros de la tertulia de Stephan; la aparición del intempestivo y el impacto que eso producía en el pequeño paraíso artificial de la pequeña ciudad de provincias; lo característico del narrador que, de forma progresiva, va cobrando importancia y presencia; la discusión Nihilismo vs. Patria que caracterizaba las discusiones de salón de la tertulia; la necesidad de todos los personajes de la tertulia de pertenecer a un grupo para encontrar o construir su propia identidad en el seno del colectivo y el afán de Varvara Petrovna por realizar a toda costa sus “proyectos” en y con las vidas de los demás.
Para encauzar un poco el desarrollo también apuntamos que las líneas fundamentales del capítulo que nos ocupaban giraban alrededor del matrimonio de Trofimovich como expiación de pecados ajenos (y en el fondo, o no tan en el fondo, propios); de la aparición de Kirillov a modo de avanzadilla y anuncio de la llegada de los nihilistas y su conversación con el narrador a propósito del suicidio; del brillantísimo y genial fragmento sobre la aparición de Karmazinov en la ciudad y de la constante “ausencia-presencia” de Piotr Verhovenski que, poco a poco, se aproxima… En definitiva dos líneas argumentales que se entrelazan constantemente: Trofimovich y alrededores y Nihilistas y Lebiadkin y alrededores.
Tras esta introducción la conversación se encaminó, de la mano de Josep hacia la determinación del tipo de “necesidad” que empuja las acciones de Trofimovich. En concreto a raíz del texto de la sección 9 del capítulo I que dice: “Como todo hombre de ingenio Trofimovich necesitaba a alguien dispuesto a escucharle y convencerse de que cumplía con el deber de propagar ideas. Necesitaba, además, alguien con quien beber champaña y con quien, entre trago y trago, cambiar las consabidas impresiones halagüeñas sobre Rusia y el alma rusa, sobre Dios en general y el Dios ruso en particular…”. A la luz de este fragmento la necesidad que guía los actos de Stephan es diferente de la estricta necesidad biológica y convierte toda relación, producida por esa necesidad, en una relación degradada. Trofimovich (y también lo hará la Petrovna) cosifica a los demás personajes y los convierte en objetos de la satisfacción de su necesidad: no es importante la conversación sino que Stephan se conforma con la forma del soliloquio mientras haya un oyente que lo posibilite… no una conversación sino la experiencia degradada de la conversación. Sobre la base de estas experiencias de degradación se construye el orden moral de la novela y la ruptura de ese orden de las relaciones es algo que ninguno de los personajes puede tolerar (de ahí la trascendencia de las “transgresiones” un tanto infantiles de Stavrogin y la constante alusión al sentimiento de ofensa del que hablamos un poco más adelante y del que te hablaré, por tanto, un poco más adelante). Esta conversación sobre las necesidades tomo una deriva altamente psicoanalítica y nos llevó incluso a la discusión sobre la diferencia entre Edipo Rey y Edipo en Colono… aunque no creo que yo sea capaz de reproducirlo. Cuando retornamos a las “necesidades de Trofimovich” estaba bastante claro que cumplían el papel de cubrir (en el sentido de tapar) su incapacidad para responder a necesidades de orden superior como son las de un padre con respecto a su hijo. Las necesidades de Stephan son las de satisfacciones degradadas de otra satisfacción más elevada que no se puede alcanzar. Esa necesidad de vida social, reconocimiento, presencia de oyentes, etc. que caracteriza la vida cotidiana de Stephan cumpliría el mismo papel que la cháchara de los personajes de Beckett: el de ocultar la misería personal de estar solo tendido en la oscuridad… por eso los personajes de Beckett se cuentan historias hasta la extenuación y Trofimovich busca y reclama la presencia de quien le admire y le escuche. Cháchara y satisfacción de esas necesidades que funcionan a modo de calmantes ontológicos. Esa experiencia degradada que Stephan tiene de las relaciones es también, a su vez, fruto de la conciencia de haber transgredido un orden (el que ordena las relaciones padre-hijo) y la necesidad de pagar por ello: “Pues bien, yo también estoy dispuesto a conquistarme a mí mismo y me casaré (…). Llegarán los hijos, quizá no míos, por supuesto no míos; al sabio no le aterra mirar la verdad cara a cara” (secc.10 cap.3) Conjura de este modo Stephan no haber confesado su amor a Varvara Petrovna en 20 años, haber ignorado a su hijo toda su vida, las relaciones establecidas con su alumno… Todo esto, punto por punto, se puede decir, también, de Varvara Petrovna.
En la aparición de los nihilistas en la pequeña ciudad de provincia (irónica desde el principio puesto que Kirillov, que pretende la destrucción de todo, llega a la ciudad con el objetivo de que le contraten para la construcción de un puente) y su posicionamiento frente a los hábitos y costumbres de la pequeña ciudad, destaca también el contraste entre esa cháchara de los intelectuales y el no querer hablar de Kirillov.
Hablamos también de la progresiva importancia del narrador que ya se ha convertido en personaje de primera línea, se ha autoproclamado “confidente” de Trofimovich y protagoniza la sección más divertida y más brillante de todo lo leído hasta ahora. A proposito del narrador Vicente y Julián hablaron de la sorprendente modernidad del narrador y de la constante disemiación de los puntos de vista con la introducción de las vacilaciones del narrador y sus juicios a propósito de los sucesos que, en teoría, se está limitando a narrar. Esa conversión del narrador en personaje va, además, acrecentando la atmósfera de secreto, de presencia de algo terrible en algunos personajes que tiene tanta dimensión que no puede ser conocido.
Otro de los temas interesantes fue el papel que la ofensa cumple en la búsqueda de un lugar que caracteriza a todos los personajes. Todos los personajes de la novela son personajes en busca de su lugar: los siervos ya no son siervos, los señores ya no son tan señores, la nobleza ya no es tan noble y los personajes de clases bajas ya no están tan abajo. Las ofensas existen en sentido horizontal, dentro de la misma clase social, como es el caso de los ciudadanos notables que se sienten ofendidos porque Lizaveta Nikolayevna monta a caballo y porque, a causa de los achaques de su madre, no empiezan las visitas de rigor al llegar a la ciudad. Las ofensas existen también en el plano vertical, entre no iguales, como es el caso de la ofensa del honor familiar de Lebiadkin por parte de Stavrogin. La ofensa, el resentimiento contra alguien a quien se ve superior, se convierte en el método de hacerse fuerte en su lugar. Si algo no encaja tenemos derecho a sentirnos ofendidos y a buscar el propio lugar por oposición a lo que me ofende.
La ofensa esconde, además de resentimiento, miedo… El ejemplo más claro de personajes que sienten que su dignidad ha sido ofendida y que esconden en realidad miedo o estupor es el del tirón de nariz de Stavrogin que produce la indignación y el sentimiento de ofensa de todo la tertulia o del mordisco al gobernador que supone el sentirse indignado de toda la ciudad. Esa indignación es fruto de la percepción de que se ha transgredido el orden de la normalidad y que, en aras de la seguridad y la tranquilidad de todos, debe ser restaurado.
Capítulo aparte mereció la sección que habla de la aparición de Karmazinov. Hablamos un poco de la relación entre Turguénev y Dostoievski y su amarga ruptura en Baden-Baden y de la caricatura y ajuste de cuentas que la aparición de este personaje suponía. Nos pareció, además, que este relato tiene entidad propia y sería capaz de funcionar como cuento breve. La relación que se establece entre el narrador y Karmazinov es una sutil elaboración de una relación amo-esclavo (nada hegeliana, como apuntó Julián) y todo un tratado del ridículo, la humillación y el humor.
El humor fue otra de las constantes en los comentarios. A mí en particular no deja de sorprenderme la chispa, el colorido y la frescura de esta novela… es una delicia constante y un regalo para la inteligencia. Como ejemplo más claro la conversación entre Kirillov y el narrador y toda la discusión sobre el suicidio provocada por la afición al té de Kirillov y su consecuente incapacidad para dormir.
Nos despedimos saboreando algunas frases del ingenio de Dostoievski capaces de describir toda la complejidad de un personaje en unas pocas palabras y que, tal y como señaló Vicente, funcionan perfectamente como aforismos. Dos ejemplos: “No sé si pudo llegar a ser buena, pero sí sé que quiso desesperadamente serlo y que sufrió mucho en su afán de serlo por lo menos un poco”; y sobre todo: “Toda fruta es buena cuando coinciden el apetito y la ocasión”
Ahí queda eso
Para encauzar un poco el desarrollo también apuntamos que las líneas fundamentales del capítulo que nos ocupaban giraban alrededor del matrimonio de Trofimovich como expiación de pecados ajenos (y en el fondo, o no tan en el fondo, propios); de la aparición de Kirillov a modo de avanzadilla y anuncio de la llegada de los nihilistas y su conversación con el narrador a propósito del suicidio; del brillantísimo y genial fragmento sobre la aparición de Karmazinov en la ciudad y de la constante “ausencia-presencia” de Piotr Verhovenski que, poco a poco, se aproxima… En definitiva dos líneas argumentales que se entrelazan constantemente: Trofimovich y alrededores y Nihilistas y Lebiadkin y alrededores.
Tras esta introducción la conversación se encaminó, de la mano de Josep hacia la determinación del tipo de “necesidad” que empuja las acciones de Trofimovich. En concreto a raíz del texto de la sección 9 del capítulo I que dice: “Como todo hombre de ingenio Trofimovich necesitaba a alguien dispuesto a escucharle y convencerse de que cumplía con el deber de propagar ideas. Necesitaba, además, alguien con quien beber champaña y con quien, entre trago y trago, cambiar las consabidas impresiones halagüeñas sobre Rusia y el alma rusa, sobre Dios en general y el Dios ruso en particular…”. A la luz de este fragmento la necesidad que guía los actos de Stephan es diferente de la estricta necesidad biológica y convierte toda relación, producida por esa necesidad, en una relación degradada. Trofimovich (y también lo hará la Petrovna) cosifica a los demás personajes y los convierte en objetos de la satisfacción de su necesidad: no es importante la conversación sino que Stephan se conforma con la forma del soliloquio mientras haya un oyente que lo posibilite… no una conversación sino la experiencia degradada de la conversación. Sobre la base de estas experiencias de degradación se construye el orden moral de la novela y la ruptura de ese orden de las relaciones es algo que ninguno de los personajes puede tolerar (de ahí la trascendencia de las “transgresiones” un tanto infantiles de Stavrogin y la constante alusión al sentimiento de ofensa del que hablamos un poco más adelante y del que te hablaré, por tanto, un poco más adelante). Esta conversación sobre las necesidades tomo una deriva altamente psicoanalítica y nos llevó incluso a la discusión sobre la diferencia entre Edipo Rey y Edipo en Colono… aunque no creo que yo sea capaz de reproducirlo. Cuando retornamos a las “necesidades de Trofimovich” estaba bastante claro que cumplían el papel de cubrir (en el sentido de tapar) su incapacidad para responder a necesidades de orden superior como son las de un padre con respecto a su hijo. Las necesidades de Stephan son las de satisfacciones degradadas de otra satisfacción más elevada que no se puede alcanzar. Esa necesidad de vida social, reconocimiento, presencia de oyentes, etc. que caracteriza la vida cotidiana de Stephan cumpliría el mismo papel que la cháchara de los personajes de Beckett: el de ocultar la misería personal de estar solo tendido en la oscuridad… por eso los personajes de Beckett se cuentan historias hasta la extenuación y Trofimovich busca y reclama la presencia de quien le admire y le escuche. Cháchara y satisfacción de esas necesidades que funcionan a modo de calmantes ontológicos. Esa experiencia degradada que Stephan tiene de las relaciones es también, a su vez, fruto de la conciencia de haber transgredido un orden (el que ordena las relaciones padre-hijo) y la necesidad de pagar por ello: “Pues bien, yo también estoy dispuesto a conquistarme a mí mismo y me casaré (…). Llegarán los hijos, quizá no míos, por supuesto no míos; al sabio no le aterra mirar la verdad cara a cara” (secc.10 cap.3) Conjura de este modo Stephan no haber confesado su amor a Varvara Petrovna en 20 años, haber ignorado a su hijo toda su vida, las relaciones establecidas con su alumno… Todo esto, punto por punto, se puede decir, también, de Varvara Petrovna.
En la aparición de los nihilistas en la pequeña ciudad de provincia (irónica desde el principio puesto que Kirillov, que pretende la destrucción de todo, llega a la ciudad con el objetivo de que le contraten para la construcción de un puente) y su posicionamiento frente a los hábitos y costumbres de la pequeña ciudad, destaca también el contraste entre esa cháchara de los intelectuales y el no querer hablar de Kirillov.
Hablamos también de la progresiva importancia del narrador que ya se ha convertido en personaje de primera línea, se ha autoproclamado “confidente” de Trofimovich y protagoniza la sección más divertida y más brillante de todo lo leído hasta ahora. A proposito del narrador Vicente y Julián hablaron de la sorprendente modernidad del narrador y de la constante disemiación de los puntos de vista con la introducción de las vacilaciones del narrador y sus juicios a propósito de los sucesos que, en teoría, se está limitando a narrar. Esa conversión del narrador en personaje va, además, acrecentando la atmósfera de secreto, de presencia de algo terrible en algunos personajes que tiene tanta dimensión que no puede ser conocido.
Otro de los temas interesantes fue el papel que la ofensa cumple en la búsqueda de un lugar que caracteriza a todos los personajes. Todos los personajes de la novela son personajes en busca de su lugar: los siervos ya no son siervos, los señores ya no son tan señores, la nobleza ya no es tan noble y los personajes de clases bajas ya no están tan abajo. Las ofensas existen en sentido horizontal, dentro de la misma clase social, como es el caso de los ciudadanos notables que se sienten ofendidos porque Lizaveta Nikolayevna monta a caballo y porque, a causa de los achaques de su madre, no empiezan las visitas de rigor al llegar a la ciudad. Las ofensas existen también en el plano vertical, entre no iguales, como es el caso de la ofensa del honor familiar de Lebiadkin por parte de Stavrogin. La ofensa, el resentimiento contra alguien a quien se ve superior, se convierte en el método de hacerse fuerte en su lugar. Si algo no encaja tenemos derecho a sentirnos ofendidos y a buscar el propio lugar por oposición a lo que me ofende.
La ofensa esconde, además de resentimiento, miedo… El ejemplo más claro de personajes que sienten que su dignidad ha sido ofendida y que esconden en realidad miedo o estupor es el del tirón de nariz de Stavrogin que produce la indignación y el sentimiento de ofensa de todo la tertulia o del mordisco al gobernador que supone el sentirse indignado de toda la ciudad. Esa indignación es fruto de la percepción de que se ha transgredido el orden de la normalidad y que, en aras de la seguridad y la tranquilidad de todos, debe ser restaurado.
Capítulo aparte mereció la sección que habla de la aparición de Karmazinov. Hablamos un poco de la relación entre Turguénev y Dostoievski y su amarga ruptura en Baden-Baden y de la caricatura y ajuste de cuentas que la aparición de este personaje suponía. Nos pareció, además, que este relato tiene entidad propia y sería capaz de funcionar como cuento breve. La relación que se establece entre el narrador y Karmazinov es una sutil elaboración de una relación amo-esclavo (nada hegeliana, como apuntó Julián) y todo un tratado del ridículo, la humillación y el humor.
El humor fue otra de las constantes en los comentarios. A mí en particular no deja de sorprenderme la chispa, el colorido y la frescura de esta novela… es una delicia constante y un regalo para la inteligencia. Como ejemplo más claro la conversación entre Kirillov y el narrador y toda la discusión sobre el suicidio provocada por la afición al té de Kirillov y su consecuente incapacidad para dormir.
Nos despedimos saboreando algunas frases del ingenio de Dostoievski capaces de describir toda la complejidad de un personaje en unas pocas palabras y que, tal y como señaló Vicente, funcionan perfectamente como aforismos. Dos ejemplos: “No sé si pudo llegar a ser buena, pero sí sé que quiso desesperadamente serlo y que sufrió mucho en su afán de serlo por lo menos un poco”; y sobre todo: “Toda fruta es buena cuando coinciden el apetito y la ocasión”
Ahí queda eso