domingo, 23 de diciembre de 2007

Endemoniados(a modo de resumen de la sesión del 21 de Noviembre)

Empezamos la tarde haciendo memoria de las cosas que sucedieron en la sesión anterior, a saber: el repaso y caracterización más precisa de alguno de los miembros de la tertulia de Stephan; la aparición del intempestivo y el impacto que eso producía en el pequeño paraíso artificial de la pequeña ciudad de provincias; lo característico del narrador que, de forma progresiva, va cobrando importancia y presencia; la discusión Nihilismo vs. Patria que caracterizaba las discusiones de salón de la tertulia; la necesidad de todos los personajes de la tertulia de pertenecer a un grupo para encontrar o construir su propia identidad en el seno del colectivo y el afán de Varvara Petrovna por realizar a toda costa sus “proyectos” en y con las vidas de los demás.
Para encauzar un poco el desarrollo también apuntamos que las líneas fundamentales del capítulo que nos ocupaban giraban alrededor del matrimonio de Trofimovich como expiación de pecados ajenos (y en el fondo, o no tan en el fondo, propios); de la aparición de Kirillov a modo de avanzadilla y anuncio de la llegada de los nihilistas y su conversación con el narrador a propósito del suicidio; del brillantísimo y genial fragmento sobre la aparición de Karmazinov en la ciudad y de la constante “ausencia-presencia” de Piotr Verhovenski que, poco a poco, se aproxima… En definitiva dos líneas argumentales que se entrelazan constantemente: Trofimovich y alrededores y Nihilistas y Lebiadkin y alrededores.
Tras esta introducción la conversación se encaminó, de la mano de Josep hacia la determinación del tipo de “necesidad” que empuja las acciones de Trofimovich. En concreto a raíz del texto de la sección 9 del capítulo I que dice: “Como todo hombre de ingenio Trofimovich necesitaba a alguien dispuesto a escucharle y convencerse de que cumplía con el deber de propagar ideas. Necesitaba, además, alguien con quien beber champaña y con quien, entre trago y trago, cambiar las consabidas impresiones halagüeñas sobre Rusia y el alma rusa, sobre Dios en general y el Dios ruso en particular…”. A la luz de este fragmento la necesidad que guía los actos de Stephan es diferente de la estricta necesidad biológica y convierte toda relación, producida por esa necesidad, en una relación degradada. Trofimovich (y también lo hará la Petrovna) cosifica a los demás personajes y los convierte en objetos de la satisfacción de su necesidad: no es importante la conversación sino que Stephan se conforma con la forma del soliloquio mientras haya un oyente que lo posibilite… no una conversación sino la experiencia degradada de la conversación. Sobre la base de estas experiencias de degradación se construye el orden moral de la novela y la ruptura de ese orden de las relaciones es algo que ninguno de los personajes puede tolerar (de ahí la trascendencia de las “transgresiones” un tanto infantiles de Stavrogin y la constante alusión al sentimiento de ofensa del que hablamos un poco más adelante y del que te hablaré, por tanto, un poco más adelante). Esta conversación sobre las necesidades tomo una deriva altamente psicoanalítica y nos llevó incluso a la discusión sobre la diferencia entre Edipo Rey y Edipo en Colono… aunque no creo que yo sea capaz de reproducirlo. Cuando retornamos a las “necesidades de Trofimovich” estaba bastante claro que cumplían el papel de cubrir (en el sentido de tapar) su incapacidad para responder a necesidades de orden superior como son las de un padre con respecto a su hijo. Las necesidades de Stephan son las de satisfacciones degradadas de otra satisfacción más elevada que no se puede alcanzar. Esa necesidad de vida social, reconocimiento, presencia de oyentes, etc. que caracteriza la vida cotidiana de Stephan cumpliría el mismo papel que la cháchara de los personajes de Beckett: el de ocultar la misería personal de estar solo tendido en la oscuridad… por eso los personajes de Beckett se cuentan historias hasta la extenuación y Trofimovich busca y reclama la presencia de quien le admire y le escuche. Cháchara y satisfacción de esas necesidades que funcionan a modo de calmantes ontológicos. Esa experiencia degradada que Stephan tiene de las relaciones es también, a su vez, fruto de la conciencia de haber transgredido un orden (el que ordena las relaciones padre-hijo) y la necesidad de pagar por ello: “Pues bien, yo también estoy dispuesto a conquistarme a mí mismo y me casaré (…). Llegarán los hijos, quizá no míos, por supuesto no míos; al sabio no le aterra mirar la verdad cara a cara” (secc.10 cap.3) Conjura de este modo Stephan no haber confesado su amor a Varvara Petrovna en 20 años, haber ignorado a su hijo toda su vida, las relaciones establecidas con su alumno… Todo esto, punto por punto, se puede decir, también, de Varvara Petrovna.
En la aparición de los nihilistas en la pequeña ciudad de provincia (irónica desde el principio puesto que Kirillov, que pretende la destrucción de todo, llega a la ciudad con el objetivo de que le contraten para la construcción de un puente) y su posicionamiento frente a los hábitos y costumbres de la pequeña ciudad, destaca también el contraste entre esa cháchara de los intelectuales y el no querer hablar de Kirillov.
Hablamos también de la progresiva importancia del narrador que ya se ha convertido en personaje de primera línea, se ha autoproclamado “confidente” de Trofimovich y protagoniza la sección más divertida y más brillante de todo lo leído hasta ahora. A proposito del narrador Vicente y Julián hablaron de la sorprendente modernidad del narrador y de la constante disemiación de los puntos de vista con la introducción de las vacilaciones del narrador y sus juicios a propósito de los sucesos que, en teoría, se está limitando a narrar. Esa conversión del narrador en personaje va, además, acrecentando la atmósfera de secreto, de presencia de algo terrible en algunos personajes que tiene tanta dimensión que no puede ser conocido.
Otro de los temas interesantes fue el papel que la ofensa cumple en la búsqueda de un lugar que caracteriza a todos los personajes. Todos los personajes de la novela son personajes en busca de su lugar: los siervos ya no son siervos, los señores ya no son tan señores, la nobleza ya no es tan noble y los personajes de clases bajas ya no están tan abajo. Las ofensas existen en sentido horizontal, dentro de la misma clase social, como es el caso de los ciudadanos notables que se sienten ofendidos porque Lizaveta Nikolayevna monta a caballo y porque, a causa de los achaques de su madre, no empiezan las visitas de rigor al llegar a la ciudad. Las ofensas existen también en el plano vertical, entre no iguales, como es el caso de la ofensa del honor familiar de Lebiadkin por parte de Stavrogin. La ofensa, el resentimiento contra alguien a quien se ve superior, se convierte en el método de hacerse fuerte en su lugar. Si algo no encaja tenemos derecho a sentirnos ofendidos y a buscar el propio lugar por oposición a lo que me ofende.
La ofensa esconde, además de resentimiento, miedo… El ejemplo más claro de personajes que sienten que su dignidad ha sido ofendida y que esconden en realidad miedo o estupor es el del tirón de nariz de Stavrogin que produce la indignación y el sentimiento de ofensa de todo la tertulia o del mordisco al gobernador que supone el sentirse indignado de toda la ciudad. Esa indignación es fruto de la percepción de que se ha transgredido el orden de la normalidad y que, en aras de la seguridad y la tranquilidad de todos, debe ser restaurado.
Capítulo aparte mereció la sección que habla de la aparición de Karmazinov. Hablamos un poco de la relación entre Turguénev y Dostoievski y su amarga ruptura en Baden-Baden y de la caricatura y ajuste de cuentas que la aparición de este personaje suponía. Nos pareció, además, que este relato tiene entidad propia y sería capaz de funcionar como cuento breve. La relación que se establece entre el narrador y Karmazinov es una sutil elaboración de una relación amo-esclavo (nada hegeliana, como apuntó Julián) y todo un tratado del ridículo, la humillación y el humor.
El humor fue otra de las constantes en los comentarios. A mí en particular no deja de sorprenderme la chispa, el colorido y la frescura de esta novela… es una delicia constante y un regalo para la inteligencia. Como ejemplo más claro la conversación entre Kirillov y el narrador y toda la discusión sobre el suicidio provocada por la afición al té de Kirillov y su consecuente incapacidad para dormir.
Nos despedimos saboreando algunas frases del ingenio de Dostoievski capaces de describir toda la complejidad de un personaje en unas pocas palabras y que, tal y como señaló Vicente, funcionan perfectamente como aforismos. Dos ejemplos: “No sé si pudo llegar a ser buena, pero sí sé que quiso desesperadamente serlo y que sufrió mucho en su afán de serlo por lo menos un poco”; y sobre todo: “Toda fruta es buena cuando coinciden el apetito y la ocasión”
Ahí queda eso

jueves, 20 de diciembre de 2007

Referentes de Stepan T.

Como Los demonios es una obra llena de referentes literarios que perfilan el carácter de los personajes, he querido acercame a algunos de ellos. Concretamente, fue pensando en los elementos que presenta D. sobre el carácter de Stepan T., unos de los enfermos de la obra. Enumero algunos rasgos explícitos en la novela: llora con frecuencia, mozalbete de 50 años, escisión entre lo que cree de sí y lo que realiza, entre lo que dice y lo que hace, invento de la mujer, "amigo" de Varvara durante veinte años sin relación sexual, dependencia casi sado-masoquista ("quieren devorarse el uno al otro"), melancolía, fantasías sobre la propia vida, etc.

En la descripción aparentemente inconexa que se nos da de Stepan en el primer cap. se nombran diferentes personajes. Veamos: "Ocurría a veces que salía al jardín con un libro de Tocqueville y llevaba oculto en el bolsillo otro de Paul de Kock. Pero éstas son nimiedades" (p. 37). Veamos las nimiedades. Paul de Kock era un novelista famoso en Francia en el XIX (muere en 1871). Su padre fue guillotinado por los revolucionarios franceses. Escribió más de 200 obras dramáticas, costumbristas, que hablaban de las gentes sencillas de París (vodeviles). Maupassant decía que todas hacían reir.
Aunque se nos dice que tiene la lectura un tanto abandonada, Stepan lleva una obra suya oculta en el bolsillo, pero desde que vive rodeado de esa "chusma", no deja el vino, los naipes, "no lee más que a Paul de Kock" (p. 87), le dice Varvara. El por qué de su lectura oculta y, en los últimos tiempos, casi obsesiva, quizá se deba a que son un espejo de su vida grotesca y ridícula. Los títulos ya dicen mucho: Gustavo el calavera, Isidorito, Los milagros del amor, Un hombre que desea casarse, El niño de la mujer, La mujer, el marido y el amante...

Respecto a su físico, el referente que da D. es Kukolnik: "se parecía a un patriarca, o, mejor aún, al retrato del poeta Kukolnik" (p. 36). Este era un poeta de tercera fila, retratado por Briullov en 1836, que escribió el libreto para la ópera de Glinka "La vida por el zar", representada en 1837 ante el zar Nicolás I con gran éxito. Lo podemos observar sentado, con levita y sombrero de copa y bastón...

En la confusión de ideas que había en el "movimiento", al que trata de acercarse Stepan, "llegaron a compararle con Radischev, no se sabe por qué" (p. 38). Radischev (1749-802) fue un revolucionario ruso, que combatió el yugo feudal, el absolutismo y la tiranía. Esto puede concordar con la idea que tiene de sí mismo Stepan, pues como liberal de los 50 abomina del absolutismo feudal. Pero lo más interesante quizá es que Radischev escribió una obra titulada "Viaje de Petersburgo a Moscú" (1790). Esta obra imita la de L. Sterne, mostrando su admiración por las ideas filosóficas francesas. Catalina II mandó quemar la obra, aunque fue rehabilitada por Alejandro I. Antiabsolutista, partidario de lo francés y recorre el mismo trayecto de Petersburgo a Moscú buscando aclaración acerca de las ideas del "movimiento", donde encuentra más de lo mismo... Ciertamente, los referentes literarios no son casuales.

Una última aclaración: lee a Tocqueville, autor francés que desconfía de los revolucionarios. ¿Llevará en sus manos Stepan "La democracia en América"? Si los liberales hacían su viaje "iniciático" a Europa para asimilar las ideas de libertad y progreso, el viaje de los nihilistas será a América. Shatov y Kirillov han ido a descubrir la democracia en América, la libertad, el pueblo...quizá sólo han encontrado un laissez-faire salvaje del que cada cual sacará las conclusiones pertinentes: "él pensaba en una cosa y yo en otra", dice Shatov (p. 178). Estos son los que desfiguran "una idea grande" (p. 44), al decir de Stepan.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Dostoievski y Ferlosio

Ahí os dejo los dos artículos de Ferlosio de los que hablamos al final de la última sesión. El primero relacionado con la idea de Lizaveta Nikolayevna de editar un anuario que recoja los sucesos significativos del año, capaces de ofrecer una imagen del alma rusa. El segundo a propósito de la "verdad" de la historia que se narra y del papel del narrador en la construcción de esa verdad:
  • "(La parada de San Silvestre.) En los últi­mos días de diciembre y preferentemente el 31, festividad de San Silvestre, la mayoría de los periódicos se sienten obligados a publi­car cierto tipo de artículo característico que la rutina ha llegado a acuñar prácticamente como un género, que no deseo por ahora de­signar con otro nombre más comprometido que el de «Parada de San Silvestre» o «Para­da del año» (lo de «parada» se explicará en­seguida). El tácito presupuesto de partida o, más exactamente, el suelo, por así decirlo, en que el artículo pone sus cimientos es el su­puesto de que el año existe. ¿Y quién se atre­vería a ponerlo en duda? Al fin y al cabo, como demuestran tantas religiones, para que algo exista basta con que lo crean millones de personas, y a veces hasta menos, si es que son lo bastante cabezotas, obtusas o fanáti­cas. El año humano, «histórico», a despecho de su ancestral fundamentación climatológi­ca, agrícola y astronómica —aunque incluso sobre estos tres aspectos convendría consul­tar a los ecuatoriales—, es, con su rito de paso («Feliz salida y entrada» se dicen unos a otros), una superstición. Una superstición ideológicamente necesaria, por cuanto sirve para sustentar la más profunda, acrisola­da y esencial de las convicciones de la bur­guesía: que no pasa nada, que sólo pasa el tiempo.
    Por su parte, el feroz aburrimiento cotidia­no de los diarios, el implacable tedio existencial de tener que enfrentarse día tras día con 24, 36, 48 o hasta 64 páginas en blanco, que hay que dejar totalmente cubiertas de letra impresa o de fotografías para la ineluctable hora del cierre, debe, sin duda, de encontrar un cierto alivio cuando puede agarrarse a prácticas rituales de observancia obligatoria como las indefectibles recurrencias que les tiene garantizadas hasta la eternidad la astro­nómica puntualidad del calendario. El año nuevo, el comienzo de una nueva década pa­recen ser acogidos por los periodistas como un consuelo, fugaz sin duda, pero siempre agradecido, de su hastío connatural.
    ¿Cómo se confecciona la «Parada de San Silvestre»? En el supuesto más escrupuloso, se baja a los archivos, se repasan los doce to­mos día tras día, formando una primera se­lección con los hechos más relevantes. Rele­vantes quiere decir en este caso los que, ya sea por el arbitrio —también llamado «línea ideológica» del diario—, ya sea por el capri­cho, ya, en fin, y sobre todo, por las imperio­sas servidumbres mercantiles de los media, han alcanzado un grado suficiente de reso­nancia pública. Y ya puede apreciarse cómo incluso en esta primera criba selectora, la parada del año dejará desfilar únicamente algo ya recogido y convertido en hecho por los media, pues la noticia es hoy la única instan­cia competente, la exclusiva concesionaria de las atribuciones requeridas para otorgar a un hecho la categoría de «hecho». No obstante, esta primera selección de «lo más relevante» no sólo resulta demasiado extensa sino que, sobre todo, es indiferenciada en un aspecto decisivo: todo lo relevante es, en mayor o menor grado, «importante», pero no es la importancia lo que debe primar como criterio para la Parada de San Silvestre; hay cosas que son sin duda más importantes que otras, pero son mucho menos «significativas». (Y aquí conviene señalar de paso, entre paréntesis, que la noción de «lo significativo», si está ya notablemente corrompida en la mentalidad común, alcanza extremos de verdadera de­generación y corrupción en la práctica usual del periodismo. «Lo significativo», en el sentido que se le da en las redacciones, se come siempre con patatas fritas, relegándolo a pá­ginas de rango subalterno, a lo que los sesu­dos y siempre farisaicos drogadictos del es­cándalo consideran —y sería injusto negar que casi siempre con razón— «más impor­tante». En una escena tal vez edificante, pero improbablemente operativa, se rasgarán las vestiduras ante hechos tales como el de que banalidades personales como el suicidio de Marilyn Monroe o el anecdótico asesinato de John Lennon merezcan, por su valor de «significativos», titulares mucho mayores en los diarios que, por ejemplo, los casi pasados en silencio horrores de la Camboya de Pol Pot, sin que, no obstante, se les pase siquiera por las mientes atribuir a la economía de merca­do el condicionamiento ineluctable por el que el periodismo ha ido configurando esa noción de «lo significativo» y sometiéndose a su es­clavitud.)
    Volviendo a nuestro asunto, para ajustar­se al ya enunciado principio y fundamento en que se asienta toda la ideología burguesa: que no pasa nada, que sólo pasa él tiempo, la Pa­rada de San Silvestre ha de regirse y confor­marse con arreglo al supuesto de que lo único que ha pasado de verdad ha sido el año, de que la única realidad sustantiva es la que se de­signa con el nombre de 1992. De ahí que, de entre todos los hechos «relevantes», los pri­meros que hay que expurgar sin más ni más son los que por una especie de opacidad «significativa» —quizá por una irreductible sustantívidad autóctona— se muestran rea­cios a colaborar. Si de lo que se trata es de representar el año como un rostro, o sea como una síntesis fisonómica unitaria, en la que cada hecho no sea más que un rasgo que vaya a combinarse con todos los restantes, para producir con ellos una única y bien indivi­duada fisonomía total, es necesario que se trate de hechos precisamente «significati­vos». Y ahora veo que estas últimas observa­ciones me permiten precisar un poco más las peculiaridades de la noción periodística de «lo significativo». Ha de tratarse de algo que por la intensidad expresiva de su apariencia sensorial se preste a perder su propia sus­tantividad —más o menos real o imagina­ria—, para ceder sus señaladas marcas adje­tivas como rasgos fisonómicos parciales de otra más complexiva sustantividad; en nues­tro caso, el año. El año, así pues, se apropia, de manera hegemónica, de la única sustantividad real; todos los hechos pierden su propia sustantividad, para ir a adjetivarse como rasgos componentes de su fisonomía indivi­dual. Los hechos no han pasado en realidad, porque carecen de sentido propio, como ca­rece de él una ceja separada de una cara; sólo la cara entera le puede dar sentido. El año es, pues, lo único que pasa de verdad, la única realidad portadora y dadora de sentido, fuera de cuyo seno los meros hechos se dispersa­rían, como erráticos fantasmas, desvanecién­dose en la insignificancia y en la nulidad." (Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, págs 192-197, ed. Destino, Barcelona 1993)

  • "(Interpretación arbitraria del Initium del «Juan de Mairena») Texto:«La verdad es la verdad, dígala Agame­nón o su porquero.
    Agamenón. — Conforme.
    El porquero. — No me convence.»
    Interpretación: Los comentarios de Aga­menón y del porquero, al hablar por propia voz, teatralizan el texto, haciendo sonar, retroactivamente, el enunciado inicial como algo dicho por una tercera voz, por otra pri­mera persona. Puesto que ese tercero deja así, inevitablemente, de ser Juan de Mairena, surge por fuerza la pregunta de quién es. No es ninguna osadía colegir que no puede ser más que un cortesano, un profeta —o filóso­fo— de corte, un mandarín o, finalmente, como hoy diríamos, «un intelectual orgáni­co»; un ilustrado leído y escribido a quien la corte ha encomendado la función de excogi­tar y de decir —o dictar— no sólo la verdad . sino también, como aquí, la verdad de la ver­dad (o sobre la verdad), que es, por defini­ción, una y única para reyes o porqueros, como uno y único es en su reino el rey Aga­menón.
    La verdad es, por definición, la verdad del rey Agamenón, y es tan verdad que no lo es porque la diga el señor Agamenón, sino que seguiría siéndolo aunque el señor porquero la dijese. El porquero es iletrado e ignorante, pero suspicaz, y hay algo en la unívoca y taxativa declaración del mandarín que no acaba de sonarle; es además un buen subdi­to, leal —y quizá hasta agradecido— a su se­ñor, pero es, a la vez, demasiado honesto para no declarar su corazón, o, como diría el Calila e Dimna, su poridat, y dice: «No me convence».
    Glosas: La honradez del porquero lo aleja también —y con horrorizado escándalo si llegase a conocerla— de la cínica lucidez de Humpty Dumpty: «No es el sentido de las palabras lo que importa; lo que importa es saber quién manda». Fue este mismo princi­pio el que, de hecho y avant la lettre, se con­sagró en Nicea, cuando el emperador Cons­tantino, que —aún por bautizar— tenía la presidencia del Concilio, zanjó toda discor­dia sobre la omoousía o consubstancialidad, dictando que todos los padres sinodales aca­tasen la palabra literal, pero con plena liber­tad para interpretarla cada cual según su en­tendimiento.
    En fin, sobre esta Reina una y única y unívoca que los mortales llaman La Verdad, ¿no querrá acaso también decirnos algo el episodio de la Biblia (Reyes I, 22) que cuenta la desastrosa incursión del rey Acab de Israel contra el reino de Damasco por la soberanía sobre Ramot de Galaad? Aquí es Sedecías, hijo de Canana, y jefe o portavoz, al parecer, de los 400 profetas de corte, quien, en las consultas previas sobre la expedición, resuel­ve y dictamina la verdad, o sea, por defini­ción, la verdad del rey, que en este caso es una profecía: la predicción del éxito de la empresa militar contra los sirios. Pero he aquí que el piadoso Josafat, rey de Judá, y aliado de Acab en la ocasión, no se conforma con el veredicto de los profetas de corte del reino de Israel, y le pregunta a Acab por al­gún otro profeta. Acab contesta: «Hay toda­vía otro hombre por quien podríamos con­sultar a Yavé: Miqueas, hijo de Yemla; pero yo lo aborrezco, por que nunca me, predice bien alguno, jamás me profetiza más que males». Josafat lo reprende: «No hable así el rey», y Acab manda a buscar a Miqueas, que es un hombre del desierto («Yo aúllo como chacal y gimo como avestruz») o, como hoy diríamos, un outsider, para que comparezca ante la corte. Comparecido, a la primera in­terrogación de Acab: «¿Atacaremos a Ramot de Galaad o debemos desistir de ello?», Mi­queas contesta con la verdad del rey: «Ataca, que tendrás buen éxito y Yavé la entregará en tus manos». Pero Acab lo conoce y le re­plica airado: «¿Cuántas veces tendré que conjurarte que no me digas más que la verdad en nombre de Yavé?», y entonces Mi­queas le cambia el veredicto, profetizando la derrota del ejército y la muerte del rey en la batalla. El cumplimiento de esta profecía nos da a entender que la intención ejemplar del texto bíblico está en contraponer a la verdad del rey la verdad de Yavé, o sea de Dios. Pero la verdad de Dios, a quien no en vano se ensalza como «Rey de reyes y Señor de los que dominan», resulta ser, si cabe, to­davía más una, única, unívoca y hasta abso­luta que la verdad del rey; y el hecho de que ante ella cada rey pueda llegar a hacerse, a su vez, tan suspicaz como el porquero ante la verdad de Agamenón, diciendo: «No me con­vence», no debe tentar a nadie a caer en la demasiado conciliadora y confortante solu­ción de concebir la verdad de Dios como la verdadera verdad de los porqueros de ver­dad, pues también la verdad de Dios surge de boca de sus propios mandarines. La verdad no es la verdad ni aunque la diga el porquero de los dioses o el dios de los porqueros. Será siempre una sucia invención de mandarines." (Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, págs 181-185, ed. Destino, Barcelona 1993)

Dosoievski y Kafka

"!Lejos de ello, Kirílov y yo pensábamos que 'los rusos, en comparación con los americanos, éramos chiquillos y que había que nacer en América para, al cabo de largos años, asimilarnos a los americanos y alcanzar su nivel'. Es más: cuando nos pedían un dólar por una cosa qaue valía un centavo, lo pagábamos, no sólo de buena gana, sino hasta con entusiasmo. Todo lo elogíabamos: el espiritismo, la ley de Lynch, los revólveres, los vagabundos. Una vez, yendo de viaje, un individuo metió la mano en mi bolsillo, sacó mi cepillo del pelo y se puso a peinarse. Kirílov y yo nos limitamos a mirarnos mutuamente, y acordamos aprobar aquel acto y considerarlo de nuestro agrado."(cap. IV, sec. IV)

Como dije en la última sesión del seminario, la narración de las peripecias por América de G-v y Kirílov me recordaron a las peripecias de Karl Rossman en Amerika de Kafka por ese mismo lugar. He tratado de discernir algunos de los elementos que pudieron despertar en mí esa conexión:
  • El más claro concierne a la idealización de la vida en América que resiste los embates de lo real. Por más que uno reconozca que es una tierra de explotación laboral, uno no deja de admirar su modo de vida. Probablemente, eso expresa simplemente nuestra necesidad de mantener la esperanza, de no renunciar a la idea de que hay un lugar en la tierra donde una vida grata es posible. En este sentido, la idealización de América está emparentada con las necesidades psicológicas que llevan a los revolucionarios de café que tanto parodia Dostoievski a abrazar 'luminosas esperanzas'.
  • Una conexión más sutil tiene que ver con la voz del narrador y la forma de la conciencia que requiere. El texto expresa una forma de conciencia que combina la admiración por un modo de vida con la conciencia de que esa actitud es ridícula. La cita abunda en la idea de que cualquier cosa que acontezca en América será del agrado de sus visitantes rusos, incluso las cosas que esos mismos visitantes reconocen como ridículas. La conciencia de la ridiculez de lo admirado y de la actitud admirativa misma no socava en el narrador la admiración de los personajes por América. Es cierto que es posible una forma de conciencia en la que se den los tres elementos, pues nuestras actitudes más básicas son, a menudo, impermeables a nuestros pensamientos, pero es una forma de conciencia en la que la voz se desdobla al narrar la propia experiencia, una voz que se encuentra esa a caballo entre la primera y la tercera persona. Y ese es uno de los rasgos que, en el seminario sobre Amerika, identificamos como más persistente en las narraciones kafkianas.
  • Esta circunstancia abunda en un punto que subráyamos en el seminario anterior: la pluralidad de las voces que van articulando la narración. Esa pluralidad no solo consiste en que el narrador recoge las diferentes voces según se las encuentra sin emitir un juicio definitivo acerca de la autoridad de cada una de ellas, sino que la voz del propio narrador se desdobla y los indicios que nos pueden hacer confiar en su autoridad solo se manifiestan de manera fragmentaria y no sabemos si, finalmente, estaremos dispuestos a reconocérsela.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Formas de la necesidad

Primera Parte
Cap. 2

"Stephán Trofímovich, como cualquier persona de agudo ingenio, [1] necesitaba que hubiera quien lo escuchase y, además,[2] necesitaba estar convencido de que cumplía el supremo deber de propagar las ideas. [3] Necesitaba asimismo, finalmente, tomar champaña con alguien e intercambiar, en torno a un vaso, los consabidos y desenfadados conceptos acerca de Rusia y del 'espíritu ruso', de Dios en general y del 'Dios ruso' en particular; contar por centésima vez los manidos chascarrillos escandalosos rusos, repetidos por todo el mundo" (cap. I sec. ix -p. 49 Ed. Orbis, Barcelona, 1987)

1. ¿Cómo caracterizar el tipo de necesidad de la que nos habla Dostoievski?

  • El jugador compulsivo (Sartre, Moran): decidir vs. predecir. Calcular, observar, bailar. Bajas pasiones vs. pasividad receptiva.
  • [1] 'necesitaba que hubiera quien lo escuchase': no es esta una necesidad como la de beber o la de comer. Es una necesidad cuya satisfacción genuina requiere de un interlocutor con el que se habla acerca de un asunto, aunque admite una satisfacción degradada: Stephán se contenta con que alguien le escuche independientemente del objeto de la conversación.
    • 'El asunto de la conversación es a menudo una excusa para conversar' --Una conversación en la que se tenga conciencia de este hecho no es necesariamente degradada. Puede, por el contrario, ser más luminosa.
    • Sin embargo, una conversación en la que no solo el asunto sino el interlocutor es una excusa, es una conversación degradada. Este parece ser el caso de Stephán se contenta con una satisfacción degradada de una necesidad más profunda cuya descripción adecuada no puede ser [1]. ¿Cuál puede ser esa necesidad más profunda?
  • [2] "necesitaba estar convencido de que cumplía el supremo deber de propagar las ideas." Para que esa necesidad más profunda se apaciguase era necesario cierto tipo de auto-engaño: estar convencido de que el asunto importaba y que él se debía al asunto y no a la inversa. Stephán está convencido a menudo de que su comportamiento responde a la comprensión de la gravedad de un asunto y no a su necesidad de ser escuchado para lo cual escoge un tema cuya gravedad le permitiese convencerse de que su tratamiento era la razón por la que hablaba.
  • Por eso, las ideas de las que habla no pueden ser ideas cualesquiera, sino aluden a la necesidad de dotar de sentido a la vida individual en el seno de un todo omnipresente, el 'Dios ruso', donde patria y teología se reúnen ([3])
    • '¿Es la necesidad de sentirse parte de una macronarración que dote de sentido a la totalidad de la propia existencia individual una necesidad profunda?'
      • D. parece dar por supuesta una respuesta afirmativa, aunque ridiculiza ciertas formas de vincularse a una macronarración, a saber: (a) cuando la idea es confusa, (b) cuando uno se aferra a la misma solo para encontrar consuelo y no porque se haya convencido de su legitimidad (s5-p.31-2-,s8 -45-6: 'luminosas esperanzas)
      • D. desenmascara estas formas de aferrarse a una macronarración, pero ¿desenmascara la idea de que uno necesite vincularse a una macronarración para que su vida pueda tener sentido?

2. Podríamos decir que la necesidad más profunda de Stephán se reduce a la necesidad de
participar en una conversación y que su papel en la tertulia, al que tanto apego tiene que casi forma parte de su personalidad (cfr. pI,c1,sI (p. 13), le procura un satisfacción degradada de la misma porque (a) no hay interlocución y (b) el asunto que se presenta como de suma importancia solo tiene un papel secundario.
  • Stephán tampoco conversa con Varvara para quien es un personaje de su invención: "Fue ella quien lo inventó, y ella también la primera en creer en su propia invención. Él constituía algo así como una ilusión para ella."/p1c1s3, p.25 cf. s5/
  • Dejarse llevar por la necesidad de participar en una conversación no nos degrada a diferencia de dejarse llevar por la pasión por el juego o por la necesidad de ser escuchado.
3. "Sin cabeza no seremos capaces de arreglar nada, si bien es cierto que la cabeza es lo que más nos impide comprender las cosas"/p.51 -c1s9/
  • Stephán utiliza su capacidad intelectual y sensibilidad poética para huir de sí mismo, para evitar atender a sus necesidades más profundas y, por eso, su comportamiento tiene un perfil neurótico.
  • Cierto uso de la inteligencia y de la sensibilidad, del que D. no nos ha dado noticia, es condición necesaria para atender a esas necesidades, para arreglar las cosas. ¿Cuál es ese uso?


Primera Parte
Cap. 3 Los pecados ajenos

1. Los pecados ajenos: Dasha se casa con Stephán para ocultar que está embarazada de Nicolás. Todo ello lo arregla Varvara. ¿Cuál es el interés de Varvara? ¿Proteger a su hijo?
  • "El niño sabía que su madre le profesaba un amor profundo, pero es dudoso que él la quisiese a ella."/56/
  • "Todos los allegados comprendían...que el hijo constituía para ella una especie de esperanza nueva y hasta, en cierto modo, de nueva ilusión. La pasión por su hijo germinó en la época de los triunfos que éste alcanzó en la sociedad de Petersburgo, y se acrecentó a partir del momento en que llegó la noticia de su degradación a soldado. Sin embargo, Varvara Petrovna le tenía visible miedo, y en su presencia se comportaba literalmente como una esclava."/63/
    • 'Estos elementos parecen contrapuestos y tenemos la convicción de que, por tanto, no pueden formar parte del modo en que A se relaciona con B y, más aún, del modo en que una madre se relaciona con un hijo.
  • 135-6: La conversación con Liputin. "... Se hará cargo de que quien está hablando con usted es una madre."/135/ Varvara declara excluir la demencia, pero le preocupa la existencia de inclinacione extrañas. Se rebaja hasta pedir confidencialidad. La relación de Varvara con su hijo es lo que da origen a 'los pecados ajenos' que sirve de título al capítulo.
2. Stephán y su condición de padre
  • "me creo con tan poco derecho al título de padre"/125/ "ante el que me siento tan culpable......No tenía el mnor sentido de lo bello, es decir, de lo sublime, de lo esencial,..."/126/
  • "¡Mi culpa ante usted y.... ante todos, ante todos, es demasiado grande!"/151/ - ¿a qué se refiere? ¿Cuál es el motivo de su culpa? ¿Dejarse humillar? ¿Abandonar a su hijo?
  • La salvación ha de llegar de su hijo, "... aunque no merezco el nombre de padre, sino el de tigre."/168/
  • Stephán declara: "Tenga en cuenta que soy un niño mimado, con todo el egoísmo de un niño, aunque sin su inocencia."/163/
3. ¿Qué tipo de necesidad es la propia de las relaciones paterno-filiales?
  • La necesidad de respetar las exigencias propias de la paternidad aparece como una necesidad profunda:
    • es profunda porque si uno trata de esquivarla, paga con el precio de la experiencia de la degradación.
    • una necesidad evolutivamente arraigada, pero ¿es como la necesidad de beber o de comer? Si uno no bebe o no come, uno se muere. Si uno desatiende o agrede a sus hijos, uno se siente degradado (la muerte en vida)
      • La noción de degradación presupone la idea de no estar a la altura de un orden que se te impone como necesario.
      • Es una relación en a la que los polos se mantienen. El padre no logra convertir al hijo en una criatura de su imaginación. Cada acción que realiza y que no está a la altura de su condición paterna, su psicología se la devuelve con alguna forma de castigo.
          • Fuente de
            • fuertes sentimientos de culpa.
            • de acciones que dañan seriamente a otros con el fin de proteger al hijo.
            • de miedo y aceptación de humillaciones.
            • uno puede despreciar al hijo por no estar al altura de sus ilusiones, pero paga un alto precio por hacerlo: la degradación de la propia auto-imagen
      • Varvara: "Todos los allegados comprendían...que el hijo constituía para ella una especie de esperanza nueva y hasta, en cierto modo, de nueva ilusión. La pasión por su hijo germinó en la época de los triunfos que éste alcanzó en la sociedad de Petersburgo, y se acrecentó a partir del momento en que llegó la noticia de su degradación a soldado. Sin embargo, Varvara Petrovna le tenía visible miedo, y en su presencia se comportaba literalmente como una esclava."/63/
        • La necesidad de esa relación vs la necesidad de que esa relación adopte una forma degradada.
      • Stephán: "me creo con tan poco derecho al título de padre"/125/ "ante el que me siento tan culpable......No tenía el menor sentido de lo bello, es decir, de lo sublime, de lo esencial,..."/126/
        • La identificación con un personaje subversivo y sofisticado es una huida de una realidad que le resulta intolerable.

4. ¿Cuál es la relación entre la necesidad de una conversación y la necesidad de respetar a los hijos que uno tiene?
  • Son dos formas de relación con los otros que habitamos comúnmente bajo formas más o menos degradadas y por eso nos sentimos pobladores de la muerte en vida. Son necesidades cuya cumplimiento no degradado nos hace sentirnos vivos.
  • Proust respecto a la necesidad de la conversación y la dificultad de mantenerse vivo.


5. Observaciones particulares
  • 153-6: Excursus sobre el suicidio, el dolor y el miedo.
  • 157: "sus noches junto a la tetera no deben ser muy alegres."/157/ --la ausencia de vínculos personales, otra forma de degradación